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Raúl Alfonsín: "Nunca habrá nada de qué acusarme"

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Raúl Alfonsín: "Nunca habrá nada de qué acusarme"

Mensaje por Foro Ucr el Jue Jul 28, 2016 7:44 pm

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Entrevista echa al Dr Raúl Alfonsín el DOMINGO 26 DE OCTUBRE DE 2003


Parece que fue ayer y al mismo tiempo parece ya un viejo capítulo de la historia aquel momento en que las palmas de Raúl Alfonsín, apretadas en alto una contra la otra, se eternizaron como el símbolo del regreso a la democracia. A los 76 años, el hombre elegido por los argentinos en 1983 para conducir la vuelta al estado de derecho recuerda aquellos primeros pasos. Pasos difíciles, críticos, tensos, como aseverará varias veces durante esta rememoración. LA NACION entrevistó al ex presidente Alfonsín en Río de Janeiro en uno de los dos días de descanso que se tomó entre conferencias dictadas en Brasilia y su llegada a San Pablo para participar, esta semana, en el encuentro de la Internacional Socialista.




-Cuando recibió la banda presidencial, ¿qué sintió al verse como protagonista del regreso a la democracia?



-Fue una gran emoción. Alguien me preguntó en aquel momento si yo estaba alegre. Y no, no era alegría exactamente, sino un sentimiento de gran responsabilidad. Una enorme responsabilidad. Recuerdo, sí, que estaba muy emocionado.

-¿Y cómo se llegó a aquel momento?



-Yo venía dando vueltas por el país hacía dos años. Recuerdo que en aquellos días, cuando aseguraba que iba a ganar las elecciones, un periodista me dijo si no tenía miedo de pasar un papelón diciendo que le iba a ganar a los peronistas. Empecé la campaña en el Sur y llegué hasta el Norte haciendo actos. Y tuve en Oberá, Misiones, la certeza de que ganaría, cuando me encontré con una muchedumbre impresionante.

-¿Cómo fue la negociación política hasta llegar a su victoria?




-Nosotros fuimos la única transición, en la Argentina, que no habló con los dictadores para llegar al gobierno. Tancredo Neves lo tuvo que hacer en Brasil, en Uruguay lo mismo, en Chile tuvieron que aceptar una constitución espantosa y que estuviera Pinochet al frente de las fuerzas armadas. Pero yo no los critico, porque fue así como se recuperó la democracia. Hay que ser más justos con los que están encargados de esa tarea tremenda. La gente pide todo de entrada.

-¿Pero cómo fueron las negociaciones con los militares después de siete años de dictadura?

-Bueno, no tuve negociaciones con ellos, simplemente porque ellos no creían que yo pudiera ganar. Pero yo había señalado lo de las tres responsabilidades: los que dieron las órdenes, los que se excedieron en el cumplimiento y los que las cumplieron. Esa fue mi posición pública durante toda la campaña.

-Después de un siglo de alternancia entre democracia y autoritarismo, ¿no temió que su gobierno pudiera ser apenas un paréntesis en esa rutina?

-No. Yo sabía que, como tenía que enfocar muchos problemas, no iba a poder seguir la tesis de Juan Lins, un español profesor de la Universidad de Yale que dice que quien está al frente de una transición debe ocuparse apenas de eso y de nada más. Tenía que ocuparme de muchos problemas, porque de lo contrario la sociedad iba a considerar, y yo también, que no se podía edificar una democracia sobre la ausencia de ética. Entonces, tener que enfrentar todos los problemas de los derechos humanos, como había prometido en la campaña, era ya un problema serio. Además tuve problemas con la Iglesia, por la ley de divorcio. Aunque no fueron exagerados, salvo en el caso de (monseñor Emilio) Ognéñovich.

-¿Qué otras dificultades recuerda de esos primeros pasos de la democracia?

- Bueno, recuerdo a la Confederación General de los Trabajadores (CGT), que actuaba como ariete del Partido Justicialista. Sin embargo, nunca perdí el diálogo con ellos, a pesar de la cantidad de huelgas generales que me hacían. Fueron muchos los momentos en que hubo problemas de aguda tensión, desde luego. Cuando envié, contra mi gusto, la ley de obediencia debida, fue un momento duro para mí. Pero estoy muy orgulloso de toda la política de derechos humanos que se realizó en esos comienzos, porque no se ha realizado en ningún país de la Tierra. La ley de obediencia debida fue necesaria para no poner en gravísimo riesgo las instituciones de la Nación.

-¿Y los episodios violentos que marcaron aquellos primeros años?

- Sí, los motines. El de (Aldo) Rico primero en Campo de Mayo, luego en Monte Caseros. Después Seineldín en Villa Martelli, con otras características. Y por último los muchachos de La Tablada.

-¿Usted llegó a una conclusión final sobre las motivaciones de la toma de La Tablada?

- No, no. Todavía no tengo una idea conclusiva. Son análisis que se van haciendo. El Movimiento Todos por la Patria era casi un partido político, con propósitos democráticos. Luego fue tomado por sectores violentos, que resolvieron realizar un acto como ése. Muchos fueron llevados ingenuamente. Incluso recuerdo los casos de algunos que dejaron a sus hijos en casas de amigos, diciendo "cuidámelo unas horas". Fue algo muy desgraciado. Lo sentí muchísimo.

-Tampoco en el campo económico los primeros años de la democracia fueron tranquilos...

- No, claro, el problema de la hiperinflación fue grave. Los años 80 fueron gravísimos para toda América latina, debido a los intereses de los Estados Unidos para cobrar los créditos tomados por los gobiernos militares. Por otro lado, no solamente se fugaban los capitales que habían venido, sino también los nuestros. Recuerdo los feriados bancarios que tuve que decretar varias veces. Luego de las elecciones provinciales del 87 tuve problemas muy serios, con más de 300 episodios de violencia y tomas de supermercados en todo el país. Hoy veo que todo fue muy programado por sectores de derecha y carapintadas que levantaban unidades básicas. La izquierda entró en los episodios, pero cuando vio de qué se trataba, se retiró. Recuerdo a (el vicegobernador de Santa Fe, Antonio) Vanrell, que había militarizado el peronismo de la zona de Rosario, al punto que sé que hasta el propio Carlos Menem se indignó. Aquello fue tremendo, el sector oeste del Gran Buenos Aires era un caos. En ese momento percibí que comenzaba a peligrar la democracia. Todos me pedían la entrega del poder. Por eso hoy me fastidia tanto cuando dicen que me escapé del poder.

-¿Cómo recuerda aquel momento?

- Me acuerdo de que el propio presidente Menem dijo que el pueblo se podía cansar y que era necesario un gesto mío. La CGT también reclamaba la entrega del poder, y todos los partidos que componían el Frejupo me pedían que renunciara. Intenté llegar a un acuerdo para manejar la economía en común, que ya estaba sin manejo. Ya nadie creía ni adentro ni afuera en la gobernabilidad de mi gestión. Se podían poner las cosas de tal forma que las instituciones corrieran peligro, entonces decidí entregar el gobierno con anticipación.

-¿Fue una herida para la democracia aquel momento?

- Fue una lastimadura pequeña, porque fueron apenas cinco meses antes.

¿El Plan Austral es un recuerdo con sabor amargo?

-No, muy bueno. Lástima que al mes de lanzarlo ya me hicieron una huelga general pidiendo aumento de sueldos de inmediato, y se tomaban actitudes para hacerlo fracasar.

-¿Cómo fueron, en aquellos primeros pasos de la democracia, las relaciones entre el gobierno y el poder económico?

-Yo he tenido buenas y malas relaciones con empresarios. Había algunos que estaban en conversaciones permanentes con los carapintadas, como Menem. Lo que hizo Domingo Cavallo fue espantoso, porque atemorizó a nuestros acreedores en torno al pago de la deuda. Después hubo problemas con el Fondo Monetario Internacional, que hizo una declaración horrible. El Banco Mundial, que había otorgado un crédito, emitió una declaración pública, algo que no estila hacer, sosteniendo que no desembolsaría el crédito. Se nos habían cortado todos los caminos. Pero con todas las idas y venidas, todavía estamos en democracia.

-Aquella frase que algunas veces se escuchaba, "con los militares estábamos mejor", ¿le hacía temer que el espíritu autoritario se hubiera instalado en la idiosincracia argentina?

- No, eso lo escuché más en la última etapa de Menem. En mi época no, porque había poca desocupación, un siete por ciento. La gente recibía el Plan Alimentario Nacional (PAN), que alimentaba a 5 millones de personas. Y además se ocupaba de higiene, del agua, de la huerta. Les dábamos útiles escolares a millones de niños. Pero esa frase yo no la escuchaba. Igual creo que mucha gente podía sentirse desilusionada. Yo llegué con un acuerdo implícito, basado en darle tranquilidad a la gente para llevar adelante la democracia, pero eso no significaba que todos iban a estar de acuerdo con las medidas económicas o sociales. Entonces, ni bien empecé a actuar, ese acuerdo se resquebrajó, y ya de entrada perdí mucha fuerza.

-¿Cuál fue, entre los momentos críticos vividos en el inicio de la democracia, el peor de todos?

- El que me golpeó más fue el primer levantamiento de Rico. No lo esperaba. Me golpeó mucho. Después, otro momento fue cuando perdimos las elecciones de 1987, cuando se puso todo muy difícil para gobernar.

-Y cuando hoy ve a Aldo Rico actuando en la política, ¿qué piensa?

- Las plantas crecen, los hombres evolucionan ( ríe ).

-Hoy, más de una década después del final de su gobierno, ¿qué medida o actitud cree que no debería haber tomado en aquella época?

- Es muy difícil responder eso. Como desaciertos, puedo haber tenido uno por día. Tal vez un grave error fue no haberme ido de cualquier forma con la capital a Viedma. Planifiqué demasiado y no supuse que el peronismo iba a cambiar de criterio. Además la prensa en general estaba muy en contra. ¡Pero tendría que haberme ido a Viedma aunque sea con una carpa! En aquel tiempo, con la venta de la embajada de Japón hacíamos todos los edificios públicos. Hubiera sido muy bueno para la Patagonia, a la que quiero mucho, y que ahora tiene su presidente.

-¿Y qué gran acierto destaca en su gestión?

- La política de integración con Brasil, que fue una política de Estado.

-¿Cómo cree que está el espíritu democrático en la región?

- Creo que el espíritu democrático continúa, porque todo el mundo sabe que cuando más perdió el pueblo fue cuando hubo gobiernos militares. Porque no son gobiernos militares, sino cívico-militares, al servicio de quienes no quieren que el Estado planifique, que se meta con el mercado, porque quieren manejar el mercado y planificar ellos a su servicio. La gente, en el fondo, advierte eso.

-¿Y cómo está la democracia en este nuevo período, el del gobierno de Néstor Kirchner?

- Kirchner está acertando en muchos aspectos. Estoy muy conforme con su política para el Mercosur. Nosotros hemos decidido en el radicalismo ayudar en todo lo que sea posible, en la medida en que coincida con nuestras convicciones.

-Entonces no le molesta la revisión que el presidente Kirchner está haciendo de las leyes de obediencia debida y punto final, dictadas por usted.

- No, yo creo que puede hacerlo. Ahora, es una responsabilidad de él sobre la que no quiero opinar en cuanto a la oportunidad.

-¿Cree que, veinte años después de su recuperación, la democracia está consolidada?

- Yo creo que sí. Además el Ejército se ha convertido en un Ejército sanmartiniano. Las Fuerzas Armadas adquirieron un espíritu de defensa de las instituciones. Y por otra parte, aunque hubiera un acto de egoísmo por parte de ellas, ni locas estarían pensando en gobernar en esta situación.

-¿Cómo cree que lo recordará la historia?

- No sé, eso déjelo para que lo conteste la historia. Pero nunca habrá nada de qué acusarme. Estoy con la conciencia tranquila.

-Y usted mismo, ¿cómo se define?

- Como un hombre que tuvo sus convicciones, sus ideales, y que fue leal a ellos. Nada más.



Por Luis Esnal - lanacion.com.ar
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